Divagaciones de y para criptoadictos

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La descentralización es una de las mejores y más profundas innovaciones de la historia de la informática.

En sus origenes, la potencia de cálculo estaba concentrada en las manos de muy pocos. Los tres ordenadores centrales más potentes de Europa sumaban más potencia de cálculo que la que sumaban todos los ordenadores del continente entero.

Después llegaron los ordenadores domésticos. Y ahora casi todos tenemos en nuestro bolsillo al menos una cpu quad-core con 2 Gb de ram y 8 Gb de Rom.

Hoy ningún banco posee un mainframe (ordenador central) que pueda ni siquiera acercarse a la potencia de cálculo que poseen sus propios clientes. Por no hablar de la conexión a la red: un millón de personas con una conexión de dos Mb/s suman más banda que pueda tener nunca el mainframe del propio banco.

En la práctica, el software que ejecuta el ordenador central del banco se ejecutaria mucho mejor en los teléfonos móviles de sus usuarios. Por una simple cuestión de recursos.

Ni siquiera los potentísimos centros de datos de importantes sociedades como Google, Facebook, Amazon, podrán nunca superar la suma de la potencia de todos los smartphones y ordenadores personales de sus respectivos usuarios.

El hecho de que hoy los usuarios tengan mas capacidad de hardware que las empresas de servicios de manera tan sumamente pronunciada, cambia las cosas radicalmente. Y no es difícil entender cómo: el software dejará de ser ejecutado en los centros de datos para serlo, directamente, en los dispositivos personales de los usuarios. Y ésto es todo, porque el software se ejecuta donde están los recursos, y los recursos de hardware están en los dispositivos de los usuarios, todos sumados.

Concretando, un servicio esta descentralizado cuando:

1. Se instala en vuestro ordenador, smartphone, frigorífico, o cualquier dispositivo, y no necesita de un servidor central.

2. Provee servicios basados en la cooperación con otros dispositivos.

Desde la descarga de archivos peer to peer, bitcoin ha sido el primer y más significativo ejemplo de cuán importante puede ser un fenómeno de este tipo. En general, el concepto mismo de descentralización es terrorífico para los intereses de muchos.

Estamos asistiendo al nacimiento de muchos proyectos en grado de descentralizar modelos tradicionales. Por ejemplo OpenBazaar para el modelo Amazon, IPFS para Dropbox, Twister para Twitter, Tox para Whatsapp, Steem para Wordpress, Zeromail para Gmail/Outlook, YaCy para Google. Son, por ahora, sólo ejemplos sin grandes pretensiones, pero explican bien la idea de la futura potencialidad.

Las inmensas fortunas de las que han gozado hasta ahora los actuales protagonistas del web se deben principalmente al hecho de haber centralizado en un solo punto todos los recursos. Si llega alguien que al improviso descentraliza, su poder desaparece. Es muy factible construir una Uber o una Airbnb sin usar ningún servidor central. Con todo el ahorro, la libertad y la resiliencia que de ello derivan.

De hecho, otra característica de la descentralización es la resiliencia, o sea, la capacidad de soportar ataques sin fracturarse. En la práctica, significa que el número de usuarios que no dejarán de prestar su labor para mantener en funcionamiento la red es inmensamente superior al número de usuarios necesarios para que la red misma funcione. En el caso de la criptomoneda, por ejemplo, los dark market son de por si más que suficiente, en términos de cash flow, para tener la gestión en pie. Se pueden llevar a cabo especulaciones y hacer oscilar el valor cuanto se quiera: el resultado es que la red no cae.

Tras 5/10 años todos usaremos servicios descentralizados. Esto producirá la caída de algunas grandes empresas y el nacimiento de otras, aquellas que crearan los servicios y conseguirán lucrarse con un modelo de business ligado a los clientes, o ligados a la criptomoneda, o ligados a la mediación.

O quizás nacerán otros modelos de business: pero lo que es cierto es que, como ha siempre sucedido, no será la cháchara, la difamación o el terrorismo mediático quienes pararan una nueva onda disruptiva de aplicaciones. Se trata de una onda imparable no solo gracias a la tecnología, sino gracias al inmenso beneficio que acarreará a la gente común.

Imagino sin mucho esfuerzo que tras algunos años las aplicaciones descentralizadas podrán fácilmente convertirse en productos ¨boxed¨. Se compa la caja, se conecta al router, y se obtiene un taxi, un negocio, un bed&breakfast, o cualquier cosa se quiera, donde se quiera, sin intermediarios.

Y toda esta tecnología solo puede ser puesta en pratica mediante las criptomonedas. Mas adelante me extenderé sobre este fundamental punto, en otro post.

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Una de las preguntas que más se plantean sobre las criptomonedas es cuál es su valor intrínseco y porqué acumulan tanto valor, si en realidad se trata solo de un simple software.

A quien está acostumbrado a razonar sobre bienes físicos a menudo le cuesta entender un concepto absolutamente abstracto, como es el caso de la criptomoneda.

Lo que debería ser simple de intuir es que su valor reside precisamente en los servicios que éstas ofrecen. Baste pensar, metafóricamente, en el valor que tendría una pequeña maleta mágica que pudiese albergar una cantidad infinita de oro, y que pudiese, además, teletransportarlo velozmente hasta una maleta mágica distinta, situada a kilómetros de distancia. ¿Cuánto os parece que puede valer un servicio similar?

Las criptomonedas te permiten conservar valor, riqueza, contenida simplemente en un código, que puedes memorizar, guardar en un dispositivo electrónico, o conservar escrito en un sencillo trozo de papel, sin límites cuantitativos; y poder transferir ese valor sin que la distancia suponga un límite, casi automáticamente.

Si hoy se utiliza el euro o el dólar como moneda de cambio es porque estamos obligados a hacerlo, sin que detrás del trozo de papel o de la cuenta bancaria haya algún valor intrínseco palpable, tangible, sino aquel que representan los servicios que ofrece y la garantía del gobierno correspondiente.

En el caso de las criptomonedas, no existe ningún tipo de coacción que nos obligue a su uso, o fuerza gubernativa que las tutele. Su precio nace del mercado, y del mérito que éste reconoce a la tecnología en que se basa cada criptomoneda. Es decir, de la aplicación de las reglas del libre mercado: el precio será aquel en que se encuentren oferta y demanda.

Ésto último sería lo que le daría más seguridad, sobretodo como alternativa de inversión respecto a los asset tradicionales que, en todo caso, conservan sus propios riesgos intrínsecos. Riesgos que, como en el caso de las monedas en curso, son muy difíciles de identificar y cuantificar.

Cómo no pensar en el caso extremo de Venezuela, donde la ilusión de poder crear riqueza de la nada, tan solo acuñando más y más moneda, ha contribuido a la ruina de todo un país, en el que un taxista o un frutero prefieren que se les pague en criptomonedas y no en bolívares. Lógico, si pensamos que hoy un bolívar equivale a una ínfima porción de euro, en cambio ¿cuánto vale, por ejemplo, un bitcoin?

Dicho lo anterior, creo importante considerar las criptomonedas como un elemento de diversificación importante en la propia cartera de inversiones global. Porque también los asset clásicos de las finanzas, como monedas, acciones, obligaciones, inmuebles, commodities como el oro, todos tienen sus propios riesgos, ocultos en su normal evolución, y en sus estructuras de control y gestión que los acompañan.

Podríamos llenar este artículo de casos en que unas determinadas acciones perdieron de la noche a la mañana gran parte de su valor en bolsa, o de la pérdida de valor de un bien que se consideraba tan seguro como un inmueble, y así un larguísimo etc.

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He iniciado a interesarme por el mundo de las criptomonedas en 2012, cuando el bitcoin cotizaba alrededor de los 5 dólares. Lo tome como un juego, miné cerca de 10 y me olvidé de ellos. Después de menos de un año, el precio subió hasta 50 dólares. Impresionante. Decuplicado.

Y empezó el canto de sirenas: “es una burbuja”, “otro sistema ponzi”, “una estafa”, “son productos sin ningún valor intrínseco”, “burbuja puntocom”. Al poco tiempo, vendí mis bitcoins y había ganado 500 dólares. Más tarde, cuando llegó la explosión de 2013 y el precio de cada bitcoin alcanzó los 100 dólares, empece a intuir que había cometido un error. A entender el valor real del instrumento. A invertir en ellos. Durante esta aventura he oído varias veces a los escépticos, una y otra vez, pero ya no me han convencido. He visto el bitcoin subir y estrellarse con una volatilidad impresionante, lo he visto bajar hasta 200 dólares tras el escándalo MtGox, pero yo he continuado siempre a creer en el proyecto. Los agoreros continúan con su misma cancion, monótonos, incluso hoy, con el bitcoin a 20.000 dólares.

Personalmente, creo que las críticas que se puede hacer al bitcoin son dos:

1. A lo largo del tiempo podría ser sustituido por un producto mejor.

2. Podría ser boicoteado de manera eficaz por los gobiernos oficiales.

Eran las mismas críticas que me llevaron a venderlo cuando cuotaba al “increíble”, “exagerado”, y “desproporcionado” precio de 50 dólares.

Respecto la primera cuestión, la tecnología del bitcoin no es actualmente la mejor, tiene varios defectos, de hecho, ya existen productos cualitativamente mejores. No obstante lo anterior, continúa a ostentar el primer puesto en el escalafón de las criptomonedas. Y es así porque ha sido la primera, se ha consolidado como una referencia, y es la utilizada como termino comparativo respecto de cualquier otra concurrente. En el mundo de las criptomonedas, cada una de ellas es comparada con el bitcoin, sea en términos de posibilidad de compraventa, que en términos de evaluación de su valor. Se ha convertido en un estándar, y como tal, cada vez resulta más difícil de sustituir. Cada vez es más fuerte. Dado que estar en el punto de mira, no hace sino que fortalecerla. Porque ha sido, es, y será constantemente mejorada, gracias a la cooperación y coordinación de un grupo grande de adeptos de esta criptomoneda.

Pero, lo más importante es que, si al final el bitcoin viniera a ser sustituido por un producto mejor, ésto no debería constituir un gran problema, dado que una minuciosa y continua diversificación de la inversión en criptomonedas podrá fácilmente reducir el riesgo sobre cualquier moneda de manera satisfactoria, permitiendo que la inversión en la “nueva era de las finanzas” continúe siendo sólida.

Respecto la segunda critica, es necesario saber en qué consiste el bitcoin. Está basado sobre una tecnología llamada “blockchain”, que no es más que un archivo, estructurado en bloques secuenciales, presentes de manera idéntica en el ordenador de cada usuario. Este archivo contiene no solo cada “buzón” personal de moneda (que en la práctica es un simple registro de memoria), sino que registra también cada transacción que se haya producido y que, gracias a la criptografía, no puede ser manipulado ni forzado: con certeza matemática.

El algoritmo que tradicionalmente gestiona la blockchain, como en el caso del bitcoin, es open source, quiere decir que está a disposición de todo aquel que lo quiera conocer y verificar. Lo que constituye una ulterior garantía de calidad.

En la práctica, quien posee criptomoneda posee la llave de un buzón, situado dentro de este inmenso archivo de este archivo llamado blockchain. Esta llave, llamada llave privada, es un código larguísimo compuesto por números y letras que permite, solo a quien lo conoce, acceder al interior del buzón, saber cuantos bitcoins contiene y, por tanto, gastar las criptomonedas dentro del buzón. Y precisamente ese código representa nuestro monedero. Por otro lado, existe un segundo código inequívocamente asociado, llamado llave publica, que será el que nos permitirá introducir las monedas en nuestro buzón. Del mismo modo que si fuese un IBAN bancario.

Toda esta estructura le hace muy difícil a un eventual gobierno que pretenda obstaculizar esta tecnología el poder hacerlo eficazmente. Su fuerte descentralización hace casi imposible poder bloquearlo, sobre todo si lo pretende una entidad individual. Los gobiernos de los países más fuertes y potentes han fracasado en su intento de controlar la droga, los paraísos fiscales, la evasión, la tutela de los copyright, entre otros, por tanto, veo extremadamente difícil que logren bloquear un fenómeno similar.

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